7.8.10

"Si se cruzaban no se dirigían la palabra, solamente intercambiaban sonrisas rotas, pequeñas muecas que daban paso a relatos de novela.


Los lunes ella iba a la playa fuera cual fuera el clima y él la miraba llegar desde su balcón leyendo el periódico de reojo al atardecer. Los martes ella salía con sus amigas a bailar y se cruzaban en la esquina a las once y treinta y tres, sus tacones se escuchaban como unas castañuelas al corretear por la acera cuando él volvía de un curso de cocina. Los miércoles él iba a la filmoteca y ella le miraba ya en ropa interior desde su habitación escuchando su disco más sensual. Los jueves ella iba al videoclub que estaba a dos calles de la sala de billares a la que él iba a jugar con su hermano a las nueve y diez. Los viernes se veían entre los estantes del supermercado a las cuatro, ella miraba anonadada las frutas mientras él la observaba tras un montón de dulces desayunos. Ella veía como todos los sábados como una monumental fémina preparaba el desayuno en la cocina de él, que daba con un amplio ventanal a la calle en común, ella en cambio sorbía un zumo a solas con su gato. Los domingos nunca se cruzaban, aunque cambiaran sus rutinas o las siguieran al pie de la letra, era el día en el que no se sintonizaban.


Cuando se miraban era como el sutil baile de las hojas secas de otoño, todo se movía al tempo de un tema de pop.


Para él, el color de las mejillas de ella tenía el mismo tono que los amaneceres de verano, mientras que para ella, los ojos de él eran tan negros como la noche más profunda que la había abrazado.


Para ambos el otro era inalcanzable, les parecía que aquello era imposible.


Un domingo de noviembre por primera vez desde que sabían desde su existencia se vieron. Ella llevaba una gran maleta que aparentaba ser pesada y una larga chaqueta bajo el brazo. Entonces apareció un coche gris, se bajó un chico común, con el que, sonrientes, se dieron dos besos, entonces ella le enseñó como se abría la puerta de abajo y puso el juego de llaves en sus manos. Él metió la maleta en el coche y ella abrió la puerta del copiloto y mirando arriba, donde sin saber qué buscaba, al otro lado de la calle encontró ese par de ojos oscuros como pozos. Él suspiró esperando que ella volviera pronto, ella subió al coche y arrancaron dirección al aeropuerto que haría que nunca más esos ojos se volvieran a cruzar. "



by k.